Crear para Creer

10 October 19

Posted at 10:39

Cuando expandimos los límites de nuestra percepción con experiencias inimaginables nos damos cuenta de nuestro poder ilimitado.
(Carta a mí misma o lo que otros no ven cuando viajas)

 

Cuando era pequeña no viajaba y, por tanto, crecí con la idea de que viajar no era posible para mí. Al ir creciendo empecé a cambiar y a abrirme a la posibilidad de llevarme a cualquier sitio que quisiera, como hacían los demás. Y tras pequeños viajes por Europa llegó el momento de mi primer gran viaje, y me fui al otro lado del mundo, a mi sitio soñado, a Hawaii.

 

 

En ese viaje pasé tres meses enteros en Estados Unidos, la tierra de la que se nutría mi imaginario visual. Vivir en persona todos aquellos lugares me hizo experimentar una exaltación inexplicable, realzada además al poder fotografiarlos; atardeceres en playas hawaianas, el Golden Gate, el Gran Cañón, Joshua Tree Park o la Ruta 66, que conduje escuchando premeditadamente la banda sonora de Forrest Gump… Y experimentar cosas como pasear por las estrellas los famosos en Hollywood Boulevard y darme cuenta de que no era para tanto, ver un concierto en una pequeña sala de Los Ángeles al lado de Devendra Banhart y sentir su vulnerabilidad, desayunar en un típico diner americano en el que estaba Ezra Koeing y mirarle a los ojos sin poder decirle que su música me ha hecho saltar de alegría, subir a un rascacielos y sobrevivir al vértigo y escuchar un concierto de blues en Chicago con mi amiga más querida de la infancia… Y recuerdo estar sentada en la mesa del salón de la casa de Hawaii a las seis de la mañana escribiendo en mi diario lo dichosa que me sentía de estar allí y recuerdo que se me nublaba la vista con lágrimas por haberme llevado hasta allí yo solita, y me quise a mí misma, y mucho.

 

 

Un año más tarde me llevé a un viaje increíble a Tailandia que me inspiró a hacer el siguiente, y pronto me vi en un pequeño pueblo de montaña al norte de India. Esta vez el viaje no fue tan fácil ya que en el transcurso experimenté miedo y ansiedad. Afortunadamente varios ángeles se cruzaron en mi camino y no me dejaron caer. Tras tres aviones, un taxi acompañada por monjes, un rickshaw y unos minutos a pie entre piedras, barro y vacas llegué a mi nuevo hogar provisional a los pies del Himalaya en Dharamshala. Y cuando me quité la mochila y me vi allí, tan increíblemente lejos de todo lo que conocía, de nuevo se me llenaron los ojos de lágrimas y no podía parar de llorar. Esta vez con una sensación de alegría y de tristeza combinadas, pero con una profunda paz. Y otra vez me quise, muchísimo.

 

 

¡También me llevé a Australia! Cuando era pequeña coleccionaba postales y tenía una de Sydney, y recuerdo que cuando la miraba sabía con total certeza que nunca en mi vida podría ir a Australia, ni soñarlo, esa posibilidad no existía en mi mundo. Y allí estuve, con mi hermana de vida, viajando en caravana por la Golden Coast y fotografiando el amanecer en Byron Bay con mucho frío y más gratitud.

 

 

Mi primer viaje a India tenía como motivo aprender Ayurveda y para mi alegría fue mucho más que eso. Fue el momento de conocer a mi compañero de vida y de empezar a viajar acompañada. Y ese mismo año, y sin planearlo, tuve la boda que siempre soñé y que nunca pensé que tendría, en la playa más hermosa de Florida. Y tuve una primera luna de miel en Bali y otra en New Orleans. Lo escribo, lo leo y parece que no soy yo, pero sí, me llevé a todos esos sitios y a otros muchos más.

 

 

Ahora cuando miro fotos de mis viajes pienso en esa Mariana pequeña que se sentía incapaz de viajar, y la quiero, y la abrazo, y me salen lágrimas de cariño por haberla llevado a todos esos sitios. Solo necesitaba creerlo. Y para creerlo tuve que crearlo, y eso me hizo sentirme poderosa y capaz.

 

 

Te quiero Mariana.